Llibertat Pablo Hasél

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El triunfo de Hasél

Me encantaría hablar de producciones discográficas, de giras y conciertos, me encantaría hablar de música sin más, pero a veces la realidad se impone.

El rapero Pablo Hasél ingresó en prisión condenado por delitos de enaltecimiento del terrorismo, injurias a la Corona y, ya de paso, a las instituciones del estado. Parece una noticia de un pasado que intentamos olvidar, pero no, es el año 2021 y está pasando ahora.

Las protestas en las calles se suceden, los agentes de distinto signo político opinan, casi siempre de forma torpe, los periodistas informan subjetivamente y los mortales caminamos por un mundo que ya no sabemos si es nuestro o de unos cuantos. Esos que nos mantienen girando a su alrededor como satélites de un planeta enfermo, no ya de Covid-19 a causa de esta brutal pandemia, si no de un cutrerío retrógrado y egoísta incapaz de tener el menor destello autocrítico.

El arte en cualquiera de sus formas siempre es un reflejo de la realidad. Sí, a veces también un ensueño del autor o un delirio de su imaginación, pero hasta la obra más abstracta o surrealista tiene origen en el mundo real. ¿Acaso no son los dulces sueños o las pesadillas una manifestación mental, muchas veces distorsionada, de dicha realidad?

El arte debe ser totalmente libre como forma de expresión. Cualquier tipo de reivindicación, social, de género o identidad sexual, por poner algún ejemplo, no debería ser necesaria, pero ciertamente lo es. Pocas cosas están tan ligadas al quehacer artístico que la vapuleada libertad de expresión. Si el artista no puede expresar de forma libre lo que intenta transmitir, por encima de ideologías, dogmas o credos, el arte, en si mismo, pierde toda su esencia y sentido.

Después, una vez expuesta dicha obra, entra el derecho que tenemos todos a seguirla, compartirla, disfrutarla o todo lo contrario. En este derecho estará el de los medios de difusión, especialmente privados, a vetar o no al artista según su criterio de igual forma que nosotros mismos somos seguidores de unos u otros.

No me veo capacitado para declarar legal o jurídicamente hasta que punto una creación artística puede ofender a un individuo o colectivo, pero en cualquier caso es una condena desmesurada, la pena de nueve meses de cárcel tan solo por unas palabras, que con razón o sin ella, no son más que la libre exteriorización de un creador.

Desde luego si pretendían acallar el mensaje de un rapero, en absoluto de audiencia mayoritaria, han conseguido todo lo contrario. El ahora cautivo, Pablo Hasél es conocido en todo el estado y sus palabras han trascendido notablemente.

Tal vez se pretendía un castigo ejemplar para proteger instituciones, que muchos creen caducas o simplemente se ha aplicado una ley que ya no debería existir, pero si el indulto no llega y no se modifica dicha ley, la imagen ante el mundo va a ser deplorable.

No soy nada afín a los modos y maneras de Hasél ni al comportamiento de algunos manifestantes. No es el hip hop el género que más controlo y no por ello voy a decir que no me gusta este estilo musical que ha ofrecido cosas muy interesantes porque mentiría, ni me voy alegrar de una condena a un artista, que no es de mi agrado, por los motivos que ha sido juzgado, porque me parecen injustos.

Esperemos que todas y todos aprendamos algo de todo esto, especialmente quienes legislan, ejecutan y juzgan.